Incluir en la Escuela: un camino a recorrer

Vanina Castelli

Profesora en Educación Inicial.

 

Mucho podemos decir de los intentos en los últimos tiempos por arribar a la inclusión de personas con discapacidad -tanto físicas, mentales o psicológicas- en las escuelas.

 

La inclusión de los niños y jóvenes con discapacidad en las escuelas aparece como una materia pendiente que ha sido largamente olvidada y excluida.  No obstante, es importante recordar que el contrato fundacional mismo de la escuela en nuestro país  tiene el mandato de formar ciudadanos. Para eso se crearon las escuelas “normales”.

 

Sin entrar en detalles históricos, quiero plantear a grandes rasgos,  el problema de la inclusión en las escuelas, no sólo desde la teoría sino desde la experiencia en el Nivel Inicial con personas con discapacidad y sus familias.

 

Considero, ante todo, que la  tarea de incluir en las escuelas ha comenzado: veo día a día maestros, padres y profesionales buscando caminos que nos lleven a una inclusión real, golpeando puertas y formándose. Sin embargo en muchos casos, en la realidad  del aula,  la inserción de los niños en las escuelas tiende a  ser más teórica que concreta. Los alumnos llamados “integrados” muchas veces no llegan a ser parte de las instituciones.

 

Por eso considero que hay que plantear el problema, asomándose a las aulas, a las salas de maestras, a los gabinetes, a los encuentros con los psicólogos y demás profesionales. No echando culpas. Los docentes, padres, equipos solemos caer rápidamente en culpabilizarnos unos a otros. El punto de partida es justamente salir de ese lugar para trabajar juntos, sabiendo que si bien la legislación ha avanzado y muchas escuelas deciden incluir con mucha responsabilidad,  aún existen más preguntas que respuestas.

 

El primer interrogante surge en las familias de niños pequeños con alguna discapacidad que están en edad de ingresar, por ejemplo, al jardín de infantes. Largos caminos de escuela en escuela buscando donde ser recibido hasta que alguna les abre las puertas. Ni hablar de los trámites de la obra social, o buscando integradores que provea el Estado. Los padres no saben como ni por donde empezar.

 

 En muchos casos algunas dificultades cognitivas o trastornos psicológicos son detectadas cuando el niño ya comenzó la escolaridad. Allí comienza otro camino que es difícil de transitar: la dura tarea de los papás de aceptar la discapacidad de su hijo, la búsqueda de centros terapéuticos, el maestro de apoyo, la articulación con el docente…

 

Por eso  me animo a decir que debemos detenernos a trabajar mirando ante todo al niño. Este es la causa de nuestra tarea y de nuestros desvelos.  Y pensar desde aquí  la  posibilidad de inclusión real, que comprometa a todos los que tienen la misión de educar, creando para esto espacios concretos de reflexión que permitan un cambio de paradigma en las escuelas,  con docentes que  acompañen  a las familias y articulen con los profesionales.

 

Esto supone definitivamente una transformación. La atención a la diversidad ya no puede ser una frase que suena innovadora. Hay que poner los medios. La accesibilidad no es sólo poner rampas en las escuelas. Las escuelas tienen que empezar a esperar a los niños con discapacidad con los brazos y las estructuras abiertas. Los centros terapéuticos tienen que aprender de la única e inestimable realidad cultural que es la escuela en si misma.

 

La inclusión es un desafío. La inclusión nos vuelve inclusivos a todos e incluidos al mismo tiempo. Nadie queda fuera. Ni los padres, ni los compañeros de clase.

 

Es un camino que trataremos de recorrer en estos espacios. Hay que animarnos a transitarlo.


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