Elián Chali: Una ciudad inclusiva se logra con cultura

     Intensidad. Su diagnóstico es displasia ósea severa. “Vivo todos los días a todo dar”

 

     

    Me encontré con el arte urbano de casualidad. Me gustaba estar todo el día en la calle con mis amigos del skate y toda la cultura callejera del punk. Era un joven como cualquiera que quiere relacionarse con la calle. A nivel creativo, estuve estimulado desde pibe por mi familia y por un rápido paso por una secundaria con orientación musical.

     Cuando llegó el momento decisivo de estudiar a nivel universitario, preferí el diseño porque lo veía más acorde con mis objetivos del momento (era una carrera corta con algunos contenidos similares a Bellas Artes). Por otro lado, no tenía ganas de meterme dentro de la institución de las artes plásticas, sentía que mi camino no iba por ahí. De igual modo, el título de diseñador lo llevo solo por haber estudiado, pero aunque diseñe constantemente mis obras, no tengo vocación por eso, me interesa el arte.

     Cuando era chico, quería tener un quiosco, creo que hasta los 15 años más o menos. El primer vínculo con el arte visual lo tuve más que nada viviendo el proceso, disfrutando el momento de hacerlo, el contacto con la ciudad. Sin duda, los estímulos visuales los tengo desde muy joven: desde una estampa de una remera, hasta las portadas de los discos, pasando por una tabla. Vivimos en la era visual, no se puede evitar. Sin dudas, algunos de esos estímulos replican hasta el día de hoy y lo aplico a mi trabajo, pero no fue una revelación lo que me hizo encontrarme con el arte. Por suerte, fue algo adquirido de más grande.

     Me gusta pintar sobre paredes grandes. Creo que la monumentalidad es un factor interesante para dialogar con la ciudad. Te permite adaptarte a la escala que la urbe propone y tratar de generar cambios desde la estética. No solamente es parte de una tendencia actual trabajar en medianeras o en grandes escalas, sino que es un método de choque, efectista. Tenés algo a tu favor y, dependiendo de la situación del trabajo, requiere la logística adecuada. En algunos casos es mejor andamios y, en otros, maquinarias como grúas. Cada caso exige sus procesos. Si el muro tiene una escala que no puedo controlar a nivel individual, trabajo con algunos soldados que me acompañan. Pero cuando la escala es controlable, trabajo solo. Luego del primer piso, para cualquier persona ya es grande: la escala es un efecto que funciona para todos por igual.

     Al igual que pintar, que es una cuestión circunstancial, hacer música o andar en skate han sido divertimentos para mí. El desarrollo de una u otra cosa ha dependido más de mis ganas que de mis posibilidades. El arte lo encuentro como un mecanismo del pensamiento más que del hacer; mientras tenga mi cabeza sana, voy a poder alimentar el caudal creativo, aún sin brazos y sin piernas.

     Si bien me diagnosticaron displasia ósea severa, vivo todos los días a todo dar. La cabeza y el espíritu controlan el cuerpo. Creo que verlo como un padecimiento es una cuestión más de terceros. Jamás en mi vida sufrí por nada. Les duele más a los que ven desde afuera mi vida.

     Respecto del trabajo en altura, el temor por el trabajo de riesgo lo tienen todos por igual. Pero siempre fui muy independiente y de actuar bajo mis convicciones. Más allá de las preocupaciones, mis padres y mis amigos saben que soy consciente de mis actos, siempre me han apoyado en cualquier decisión.

     Como artista, lo que más logré desarrollar es la disciplina y la voluntad. Día a día empujo por lo que pienso y siento a toda máquina. Eso va a ser algo que nunca va a cambiar en mi vida, esté o no esté el arte.

     Yo soy responsable de mi determinación. Nadie de afuera puede decirte nada. No se pueden descargar las responsabilidades o temores en terceros, debe ser un camino introspectivo espiritual. Mi familia, mis amigos, mi novia, mi perro, mis plantas, son mi inspiración, pero no los responsabilizo por mis frustraciones, es un camino individual.

     Nacer en este envase me sirvió como atajo para entender que somos todos iguales. No tengo motivo para estar por encima o abajo de nadie. Los valores y los ideales deben estar sujetos a cambios y adaptaciones a lo largo de la vida, pero no deberían ser modificados por circunstancias sociales. Lo más lindo es compartir, debatir. ¡Es el motivo principal por el que empecé a hacer lo que hago!

     No sé si quisiera lograr algo con el arte callejero. El arte es el camino. Es el que transito y el que quiero transitar, la zanahoria se va modelando a lo largo de la vida. Yo estoy en esto para dialogar. Una ciudad inclusiva se logra con cultura, con educación, no con señales de tránsito. Hay mucho por recorrer, Córdoba se cae a pedazos. Desde el arte se puede intentar generar consciencia, pero serían actos aislados y sin tanta fuerza. La cosa reside en las escuelas y la educación en casa, en la solidaridad e igualdad, en la organización barrial.

     No se puede entender cómo en 2015 las ciudades siguen discriminando a personas con capacidades diferentes de una manera tan agresiva. Todo está supeditado a los sistemas de transportes, vialidad, etcétera. Es inaceptable. Pero me preocupan también las situaciones de clase que se generan, en las que podemos ver actos vivos de represión. La figura del merodeo, la sospecha por portación de rostro y otras situaciones encaradas por el Estado para regular el comportamiento social en los epicentros urbanos son tan discriminadores como las esquinas sin rampas, pero todavía más difícil de erradicar. Hay todo un mundo por cambiar.

Fuente de información e imàgen: http://www.lavoz.com.ar/salud/elian-chali-una-ciudad-inclusiva-se-logra-con-cultura


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